Cuando tenía 25 años me obsesionaba la muerte. Solía pensar en ella todo el día, en la casa, en el trabajo, se colaba a todas mis conversaciones. Los demás me decían que no hablara de eso, me decían: deberías ir al psicólogo me decían no tengas miedo me decían todos vamos a morir.
Imaginaba a la muerte como una entidad que se presenta ante ti y te mira para acabar contigo. Me gustaba pensar en un arcángel de alas oscuras como el de las pinturas renacentistas. Y tenía miedo que mis pensamientos fueran un llamado a eso que me aterraba y fascinaba al mismo tiempo.
Mientras todos se preparaban para escribir libros novedosos, o a prepararse para su vida familiar o académica, para mí todo eso pasó a un segundo plano. Lo que yo quería era escribir para la muerte, escribir para prepararme a ese momento.
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