miércoles, 29 de enero de 2014
y recordamos esos tiempos cuando nos podíamos quedar en la cama hasta muy tarde leyendo un libro y en el mundo nadie reclamaba nuestra presencia la calle era un lugar apacible que recorríamos sin prisa podíamos gastar el tiempo en los parques o en las librerías evitando las tiendas y las calles concurridas nos quedábamos platicando cerca del semáforo sin tener que correr para pasar el rojo y no entendíamos la prisa de todo el mundo mientras tanto nosotros íbamos a la panadería o al pequeño cine desconocido de una calle poco transitada y el mundo se aparecía tan ajeno como si no hubiera necesidad de hacerle caso a sus exigencias ni a sus códigos ni a eso que llaman triunfo ni a la vida que todos tenemos trazada aún antes de nacer éramos nosotros y si la felicidad existe nosotros experimentamos algo muy parecido a eso pero eso fue antes antes de los horarios y el dinero y las alarmas y la prisa y el vernos cada vez menos y ya no platicar porque ya teníamos sueño de los días cansados y contar el tiempo para las vacaciones y en esas vacaciones estar demasiado presionados para divertirnos porque la vida eran las cosas que no escribíamos en la agenda y cada vez había menos cosas de esas porque todo se programaba a una hora incluso hacer el amor
domingo, 26 de enero de 2014
Orden 1
Los antidepresivos van encima del refrigerador, porque junto al refrigerador está el garrafón del agua. En las mañanas inevitablemente me sirvo agua, cuando me sirvo el agua veo las pastillas y aprovecho de una vez para tomarlas. Las personas piensan que los antidepresivos deberían estar en la mesita de noche, pero en esa mesa tengo todo menos lo que me sirve para lo noche. No podría decir un inventario ahora, pero hay cosas como engrapadoras y post-it por todas partes.
sábado, 25 de enero de 2014
Microescritura
Escribí poco, sin energías, pero escribí siempre. Seis palabras al día, a veces veinte, nunca más de cien.
viernes, 17 de enero de 2014
domingo, 12 de enero de 2014
miércoles, 8 de enero de 2014
domingo, 5 de enero de 2014
Libro de etiqueta para señoritas (primera parte)
Forabilis, Dino Valls, 2000
Para que una señorita se convierta en mujer, primero tiene que descifrar el laberinto. Antes de realizar el proceso, la señorita ingresa a la Biblioteca, en donde podrá permanecer en lectura y meditación que la ayudarán a sobrepasar la difícil prueba. Posteriormente, uno de los pintores oficiales realizará el retrato, que sólo será exhibido en el Salón Real si la doncella sobrevive al reto. Después de un par de meses de lecciones de canto y de una rígida dieta para aguantar las hambrunas de la vida en cautiverio, las señoritas, vestidas de blanco y coronadas con flores ingresan al laberinto, ya que no hay manera de descifrarlo más que introduciéndose en él y viviéndolo en carne propia. Las más virtuosas en su canto podrán ganarse el favor del minotauro, quien las dejará vivir a cambio de escuchar su voz en los momentos propicios. Ahogará el canto de las menos afortunadas, oprimiendo sus cuellos en sus monstruosas manos y dará bayas y frutas a las que considere agradables. Por otro lado, a sus preferidas, les otorgará liebres o ciervos muertos para alimentarlas y las ayudará a atravesar la difícil prueba. Sin embargo, si alguna logra enamorarlo con su canto, podrá recibir un elixir encantado. Después de beberlo, la señorita caerá en un profundo sueño y al despertar se encontrará del otro lado del laberinto, habiéndolo cruzado sin la necesidad de más penurias y podrá reincorporarse a la vida en sociedad, al menos durante nueve meses, antes de que su cérvix sea destruido por un par de nuevos cuernos. Ese es el gran honor, porque el valor de las señoritas se mide en su capacidad para alumbrar minotauros.
sábado, 4 de enero de 2014
Incendios
Yuanyuan Yang, Lonesome Little Warrior, 2012
A burnt child loves fire
Oscar Wilde
Frecuentemente no sé qué hacer con mis manos. Tampoco sé qué hacer con mi cara cuando voy caminando, pienso si estoy siendo demasiado seria, si estoy riéndome de alguna manera extraña, si tengo una mueca incomprensible que los demás miran con indiferencia. Me siento incómoda en el mundo, como si no hubiera un lugar en que ponerme, como si estorbase. Debido a este sentimiento de no pertenecer vivo en el mundo como alguien que sobra y a veces me comporto sin el temor de perderme, con las ganas de verme arder en un fuego incontrolable, de acostarme en oscuridades cada vez más negras que te reclaman cada vez más seguido y cada vez más intensamente.
He llegado a mi casa llorando, lista para vomitar flores espinosas que atraviesan la garganta y te hacen sangrar, con esa sangre hablo palabras que me exhoneren de esos actos, y con esas palabras me compadezco y me siento como una niña que no es de sus padres sino de otro ser que la busca y la ama y que para llegar a ella primero tiene que matarla. Me escabullo al sueño para imaginar mi vida de otra forma, y en esa paz blanca en donde sé precisamente el lugar en el que me hallo, encuentro una seguridad que no habrá nunca en la realidad de mi propio ser, ese ser que constantemente me exige un último incendio.
jueves, 2 de enero de 2014
#2
a veces se nos olvida que aquello que está en el lienzo no es algo real, es todavía menos real que las sombras que se proyectan en la pared cuando se posee toda luz y aún así siempre hay oscuridad
Escribir las memorias como se escribe en la arena
James Abbott Whistler, Nocturne: Blue and gold, Old Battersea Bridge, ca. 1892
Al escribir la memoria del viaje se espera construir algo pero al final del día sólo quedan fragmentos de oro que se van y vuelven con el incesante movimiento de las olas. Fue un día de agosto cuando llegamos a la orilla del mar. Había una delgada línea que separaba esa visión de las visiones que se tienen en los sueños. El mar lanzaba destellos que recordaban melodías hace mucho no escuchadas, y sabíamos, o al menos lo decía nuestra mirada, que en el mar se encontraban respuestas a preguntas que todavía no intuíamos. No había sólo un azul, si uno se fijaba bien habían colores nunca antes vistos, que no habíamos siquiera imaginado y que ahora se revelaban frente a nosotros solo por haber sido capaces de posar la mirada en el lugar correcto, en el momento adecuado. Era de noche y la luna estaba frente a nosotros, contrastaba con las luces de la ciudad y los edificios, parecía que era parte de los adornos urbanos que enmarcaban esa postal interior con la que uno espera recordar ciertas vivencias.
El viaje terminó con la narración de todas las experiencias menos las realmente importantes. Me molesté al ser incapaz de retener en mi memoria ese instante que se me escapaba como arena. Escribí porque no había nada más que pudiera hacer. Empecé la escritura de esa parte de mi vida con la resignación de haberla perdido. El texto inició con una pregunta ¿Cuándo comienza el viaje? Meses después, en el lugar donde nací, un escritor me contestó sin quererlo: El viaje comienza hasta que se escribe.
miércoles, 1 de enero de 2014
* 1
i embrace imperfection
i embrace chaos
i embrace coincidence
there's no need in believe that there are red strings attaching us, and that this world was born to be the best of the possible worlds.
i embrace my own mortality
the mortality of the people i love
the mortality of the people i don't care about
i embrace chaos
i embrace coincidence
there's no need in believe that there are red strings attaching us, and that this world was born to be the best of the possible worlds.
i embrace my own mortality
the mortality of the people i love
the mortality of the people i don't care about
Autorretrato haciendo autorretrato (esbozo)
Maurice Guibert French, Henri de Toulouse-Lautrec as Artist and Model, ca. 1900
Perspective is everything and a self-portrait, painted from my own observation is often likely to leave in obscurity certain details which for other peple would be the most flagrant.
Michel Leiris
Escribir sobre cómo nos vemos. ¿Qué es lo primero que decimos de nosotros? Nunca hay que perder de vista estas descripciones porque suelen ser las más importantes. A veces se habla del físico y otras del intelecto, algunos, como yo, recurren a las emociones. ¿Qué digo de mí? Digo que me gusta el silencio aunque hable mucho, aunque cada vez menos. Digo que estoy triste recurrentemente, con razones o sin ellas. No suelo decir que me desagrado y me molesto y que si pudiera correría muy lejos de mí misma. Por ejemplo, ahora, quisiera describir a otra persona, decir cualidades agradables, pero en lugar de eso sólo queda una lista de adjetivos que no significan gran cosa. Para hacer un autorretrato hay que hablar de otras cosas, de la infancia, del cuarto, de la persona que amamos, todo lo que nos rodea dice más de nosotros que nosotros mismos. Sólo podemos vernos con los mismos ojos desde que nacemos, aunque cambia la mirada y esa mirada se va contagiando de la mirada de los otros, pero en el fondo no nos podemos saber.
Escribir sobre uno mismo es una tarea ardua y fatigosa, cansada, me harta hablar de mí, me harta contar que todos los días tengo que decirme: Marianna, se otra. Deja de ser tú y se otra por primera vez en la vida. Y nunca sucede, los cambios son tan imperceptibles que a veces parecen invisibles. Las uñas que crecen y se cortan, el pelo, una cosa muerta que traemos en la cabeza, pegada como un adorno. Las venas saltonas y verdes de los brazos que hemos visto deseando algo más que sólo verlas. Las líneas de la mano que no sabemos leer, los vellos cuyo sonido al crecer ignoramos, los ojos cansados de tanto uso, porque parece que a lo único que podemos dedicarnos es a ver todo el tiempo, cada vez escuchar menos, cada vez hablar menos y comunicarse todavía menos.
Escribimos de nosotros porque no podemos escribir de los demás, aún en las descripciones que damos de terceros, es la propia visión la que decide las palabras que ocupa. Para hablar de uno a veces basta con decir el nombre, o a veces con quedarse callado y delatarse con los gestos del cuerpo, la mirada agachada, la espalda encorvada, las manos inquietas, las piernas en posiciones antinaturales, los labios torcidos, el cuello algo doblado y una mueca extraña que se acerca mucho más a la pena que a la risa. El autorretrato puede ser de las cosas más difíciles que uno tenga que hacer cuando uno es un territorio conocido pero inexplorado.
Es relativamente fácil describirse físicamente sin ponerse etiquetas, pero es aún más complicado hablar de lo que traemos dentro, porque ahí adentro es problemático. Y si alguien, alguna vez, realmente se interesara por saber qué es lo que me habita y me lo preguntara, yo sólo podría decir que adentro de mí viven un árbol seco y una niña huérfana.
Escribir sobre uno mismo es una tarea ardua y fatigosa, cansada, me harta hablar de mí, me harta contar que todos los días tengo que decirme: Marianna, se otra. Deja de ser tú y se otra por primera vez en la vida. Y nunca sucede, los cambios son tan imperceptibles que a veces parecen invisibles. Las uñas que crecen y se cortan, el pelo, una cosa muerta que traemos en la cabeza, pegada como un adorno. Las venas saltonas y verdes de los brazos que hemos visto deseando algo más que sólo verlas. Las líneas de la mano que no sabemos leer, los vellos cuyo sonido al crecer ignoramos, los ojos cansados de tanto uso, porque parece que a lo único que podemos dedicarnos es a ver todo el tiempo, cada vez escuchar menos, cada vez hablar menos y comunicarse todavía menos.
Escribimos de nosotros porque no podemos escribir de los demás, aún en las descripciones que damos de terceros, es la propia visión la que decide las palabras que ocupa. Para hablar de uno a veces basta con decir el nombre, o a veces con quedarse callado y delatarse con los gestos del cuerpo, la mirada agachada, la espalda encorvada, las manos inquietas, las piernas en posiciones antinaturales, los labios torcidos, el cuello algo doblado y una mueca extraña que se acerca mucho más a la pena que a la risa. El autorretrato puede ser de las cosas más difíciles que uno tenga que hacer cuando uno es un territorio conocido pero inexplorado.
Es relativamente fácil describirse físicamente sin ponerse etiquetas, pero es aún más complicado hablar de lo que traemos dentro, porque ahí adentro es problemático. Y si alguien, alguna vez, realmente se interesara por saber qué es lo que me habita y me lo preguntara, yo sólo podría decir que adentro de mí viven un árbol seco y una niña huérfana.
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