Maurice Guibert French, Henri de Toulouse-Lautrec as Artist and Model, ca. 1900
Perspective is everything and a self-portrait, painted from my own observation is often likely to leave in obscurity certain details which for other peple would be the most flagrant.
Michel Leiris
Escribir sobre cómo nos vemos. ¿Qué es lo primero que decimos de nosotros? Nunca hay que perder de vista estas descripciones porque suelen ser las más importantes. A veces se habla del físico y otras del intelecto, algunos, como yo, recurren a las emociones. ¿Qué digo de mí? Digo que me gusta el silencio aunque hable mucho, aunque cada vez menos. Digo que estoy triste recurrentemente, con razones o sin ellas. No suelo decir que me desagrado y me molesto y que si pudiera correría muy lejos de mí misma. Por ejemplo, ahora, quisiera describir a otra persona, decir cualidades agradables, pero en lugar de eso sólo queda una lista de adjetivos que no significan gran cosa. Para hacer un autorretrato hay que hablar de otras cosas, de la infancia, del cuarto, de la persona que amamos, todo lo que nos rodea dice más de nosotros que nosotros mismos. Sólo podemos vernos con los mismos ojos desde que nacemos, aunque cambia la mirada y esa mirada se va contagiando de la mirada de los otros, pero en el fondo no nos podemos saber.
Escribir sobre uno mismo es una tarea ardua y fatigosa, cansada, me harta hablar de mí, me harta contar que todos los días tengo que decirme: Marianna, se otra. Deja de ser tú y se otra por primera vez en la vida. Y nunca sucede, los cambios son tan imperceptibles que a veces parecen invisibles. Las uñas que crecen y se cortan, el pelo, una cosa muerta que traemos en la cabeza, pegada como un adorno. Las venas saltonas y verdes de los brazos que hemos visto deseando algo más que sólo verlas. Las líneas de la mano que no sabemos leer, los vellos cuyo sonido al crecer ignoramos, los ojos cansados de tanto uso, porque parece que a lo único que podemos dedicarnos es a ver todo el tiempo, cada vez escuchar menos, cada vez hablar menos y comunicarse todavía menos.
Escribimos de nosotros porque no podemos escribir de los demás, aún en las descripciones que damos de terceros, es la propia visión la que decide las palabras que ocupa. Para hablar de uno a veces basta con decir el nombre, o a veces con quedarse callado y delatarse con los gestos del cuerpo, la mirada agachada, la espalda encorvada, las manos inquietas, las piernas en posiciones antinaturales, los labios torcidos, el cuello algo doblado y una mueca extraña que se acerca mucho más a la pena que a la risa. El autorretrato puede ser de las cosas más difíciles que uno tenga que hacer cuando uno es un territorio conocido pero inexplorado.
Es relativamente fácil describirse físicamente sin ponerse etiquetas, pero es aún más complicado hablar de lo que traemos dentro, porque ahí adentro es problemático. Y si alguien, alguna vez, realmente se interesara por saber qué es lo que me habita y me lo preguntara, yo sólo podría decir que adentro de mí viven un árbol seco y una niña huérfana.
Escribir sobre uno mismo es una tarea ardua y fatigosa, cansada, me harta hablar de mí, me harta contar que todos los días tengo que decirme: Marianna, se otra. Deja de ser tú y se otra por primera vez en la vida. Y nunca sucede, los cambios son tan imperceptibles que a veces parecen invisibles. Las uñas que crecen y se cortan, el pelo, una cosa muerta que traemos en la cabeza, pegada como un adorno. Las venas saltonas y verdes de los brazos que hemos visto deseando algo más que sólo verlas. Las líneas de la mano que no sabemos leer, los vellos cuyo sonido al crecer ignoramos, los ojos cansados de tanto uso, porque parece que a lo único que podemos dedicarnos es a ver todo el tiempo, cada vez escuchar menos, cada vez hablar menos y comunicarse todavía menos.
Escribimos de nosotros porque no podemos escribir de los demás, aún en las descripciones que damos de terceros, es la propia visión la que decide las palabras que ocupa. Para hablar de uno a veces basta con decir el nombre, o a veces con quedarse callado y delatarse con los gestos del cuerpo, la mirada agachada, la espalda encorvada, las manos inquietas, las piernas en posiciones antinaturales, los labios torcidos, el cuello algo doblado y una mueca extraña que se acerca mucho más a la pena que a la risa. El autorretrato puede ser de las cosas más difíciles que uno tenga que hacer cuando uno es un territorio conocido pero inexplorado.
Es relativamente fácil describirse físicamente sin ponerse etiquetas, pero es aún más complicado hablar de lo que traemos dentro, porque ahí adentro es problemático. Y si alguien, alguna vez, realmente se interesara por saber qué es lo que me habita y me lo preguntara, yo sólo podría decir que adentro de mí viven un árbol seco y una niña huérfana.

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