jueves, 2 de enero de 2014

Escribir las memorias como se escribe en la arena

James Abbott Whistler, Nocturne: Blue and gold, Old Battersea Bridge, ca. 1892

Al escribir la memoria del viaje se espera construir algo pero al final del día sólo quedan fragmentos de oro que se van y vuelven con el incesante movimiento de las olas. Fue un día de agosto cuando llegamos a la orilla del mar. Había una delgada línea que separaba esa visión de las visiones que se tienen en los sueños. El mar lanzaba destellos que recordaban melodías hace mucho no escuchadas, y sabíamos, o al menos lo decía nuestra mirada, que en el mar se encontraban respuestas a preguntas que todavía no intuíamos. No había sólo un azul, si uno se fijaba bien habían colores nunca antes vistos, que no habíamos siquiera imaginado y que ahora se revelaban frente a nosotros solo por haber sido capaces de posar la mirada en el lugar correcto, en el momento adecuado. Era de noche y la luna estaba frente a nosotros, contrastaba con las luces de la ciudad y los edificios, parecía que era parte de los adornos urbanos que enmarcaban esa postal interior con la que uno espera recordar ciertas vivencias.
El viaje terminó con la narración de todas las experiencias menos las realmente importantes. Me molesté al ser incapaz de retener en mi memoria ese instante que se me escapaba como arena. Escribí porque no había nada más que pudiera hacer. Empecé la escritura de esa parte de mi vida con la resignación de haberla perdido. El texto inició con una pregunta ¿Cuándo comienza el viaje? Meses después, en el lugar donde nací, un escritor me contestó sin quererlo: El viaje comienza hasta que se escribe.

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