Mientras iba en el autobús vi a mi amigo Armando caminado por la calle. Tenía un libro bajo el brazo. Saqué la cabeza por la ventana y le grité:
- ¡Armando! qué libro lees.
- La filosofía del viaje en el tiempo, me gritó mientras extendía el libro por encima de su cabeza, como si así yo fuera capaz de ver el título.
En ese momento el autobús comenzó a moverse.
- ¿Qué tal está?
Me contesta que este no puede ser el universo tangente. Me quiere explicar más cosas pero el autobús acelera y el sonido de las palabras se va haciendo más suave entre más nos alejamos. Pienso en esta relación entre el autobús acelerando y las palabras haciéndose menos perceptibles.
Sacando medio cuerpo de la ventana, le grito:
- No te escucho, háblame pronto.
Me siento en el autobús y las personas me miran. Pienso que tal vez todavía pueda bajar del autobús e ir con Armando para que me explique a detalle eso de los universos tangentes, pero el cansancio de todos los días me vence y sigo mi camino a un lugar donde nadie me esperaba.
Armando nunca me llamó. Días después me enteré que había muerto en un accidente automovilístico. Esa fue la última vez que lo vi, pero aún pienso en cuáles serían esas palabras que me dijo y que no logré escuchar.
sábado, 29 de marzo de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
sábado, 15 de marzo de 2014
miércoles, 12 de marzo de 2014
NY
Théodore Rousseau, The Forest in Winter at Sunset, ca. 1846–67
Pienso en él que se fue a vivir a la granja, él me tomó una de las fotografías que conservo. Fue una vez que estuve en el MOMA y de todas las piezas la que más recuerdo es un cuadro de Theodore Rousseau, un artista al que desconocía hasta ese día y su cuadro me impresionó tanto que tuve que sentarme a contemplar esa oscuridad que provenía de los árboles, de ese atardecer en ese bosque que yo nunca conocería y que sin embargo ya había habitado. Y de ese momento en la obra, de estar ahí mirando ese paisaje cuyas ramas eran como las propias arterias que me recorrían el cuerpo, en ese momento él, que estaba atrás de mí, tomó la fotografía que ahora conservo y que he encontrado en esta libreta ahora que escribo en las calles de Oaxaca, muy lejos de ese tiempo, muy lejos de ese espacio, muy lejos de todo lo que creí que era la vida y que lo único que se conserva de ello es esta escritura persistente que no se cansa.
miércoles, 5 de marzo de 2014
La Fea
Cargo mi fealdad como se carga un perro
muerto. Es una experiencia desagradable, un peso resignado que se lleva a
cuestas y nunca puedes dejar de sentir. Ahora pienso que es una virtud, es mi
regalo. Nací fea y me hice más fea cuando crecí, cuando los demás me veían
desperté el asco de familiares y nunca pude tener amigos. Es imposible imaginar
que alguien lograse amar este rostro. En mi juventud lloré por el desagrado de
verme, pero luego rompí los espejos y pensé en mí como alguien obligado a
llevar una máscara, que mi verdadera cara estaba debajo de esas capas y capas
de piel grasosa y cubierta de puntos rojizos y surcos profundos. Quise creer
que estaba pagando algo que desconozco, hubiera querido ser muy pequeña de
tamaño para que nadie me viese, pero mi anatomía desproporcionada, llena de
pliegues y de marcas, me hacían visible para cualquiera, hasta para otros que
eran desagradables, pero cuya fealdad no se comparaba a la de mi ser, ellos
también me juzgaban.
Logré trabajar en una taquilla de cines, oculta
detrás de un mostrador donde nadie podía verme, lo único que los demás podían
conocer era mi voz y mis dedos regordetes cuando les entregaba el cambio de su
dinero. Me daba miedo que los demás me vieran.
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