Cargo mi fealdad como se carga un perro
muerto. Es una experiencia desagradable, un peso resignado que se lleva a
cuestas y nunca puedes dejar de sentir. Ahora pienso que es una virtud, es mi
regalo. Nací fea y me hice más fea cuando crecí, cuando los demás me veían
desperté el asco de familiares y nunca pude tener amigos. Es imposible imaginar
que alguien lograse amar este rostro. En mi juventud lloré por el desagrado de
verme, pero luego rompí los espejos y pensé en mí como alguien obligado a
llevar una máscara, que mi verdadera cara estaba debajo de esas capas y capas
de piel grasosa y cubierta de puntos rojizos y surcos profundos. Quise creer
que estaba pagando algo que desconozco, hubiera querido ser muy pequeña de
tamaño para que nadie me viese, pero mi anatomía desproporcionada, llena de
pliegues y de marcas, me hacían visible para cualquiera, hasta para otros que
eran desagradables, pero cuya fealdad no se comparaba a la de mi ser, ellos
también me juzgaban.
Logré trabajar en una taquilla de cines, oculta
detrás de un mostrador donde nadie podía verme, lo único que los demás podían
conocer era mi voz y mis dedos regordetes cuando les entregaba el cambio de su
dinero. Me daba miedo que los demás me vieran.
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