miércoles, 5 de marzo de 2014

La Fea

Cargo mi fealdad como se carga un perro muerto. Es una experiencia desagradable, un peso resignado que se lleva a cuestas y nunca puedes dejar de sentir. Ahora pienso que es una virtud, es mi regalo. Nací fea y me hice más fea cuando crecí, cuando los demás me veían desperté el asco de familiares y nunca pude tener amigos. Es imposible imaginar que alguien lograse amar este rostro. En mi juventud lloré por el desagrado de verme, pero luego rompí los espejos y pensé en mí como alguien obligado a llevar una máscara, que mi verdadera cara estaba debajo de esas capas y capas de piel grasosa y cubierta de puntos rojizos y surcos profundos. Quise creer que estaba pagando algo que desconozco, hubiera querido ser muy pequeña de tamaño para que nadie me viese, pero mi anatomía desproporcionada, llena de pliegues y de marcas, me hacían visible para cualquiera, hasta para otros que eran desagradables, pero cuya fealdad no se comparaba a la de mi ser, ellos también me juzgaban.

Logré trabajar en una taquilla de cines, oculta detrás de un mostrador donde nadie podía verme, lo único que los demás podían conocer era mi voz y mis dedos regordetes cuando les entregaba el cambio de su dinero. Me daba miedo que los demás me vieran.

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