Había guardado el secreto, sabía que el conocimiento de su enfermedad era una pequeña bomba entre su familia. Le costaba decidir si los amaba o los odiaba y si las dos, en qué proporción canda una.
Esperar el momento adecuado y entonces todos lo mirarían distinto, con una combinación de ternura y repudio. Kkegó a la cena Navideña con una mueca que simulaba una sonrisa, los familiares comenzaron las preguntas habituales y él se refugió en el alcohol. La enfermedad lo estaba aniquilando en esos momentos, todos reían y el alcohol seguía su curso, intoxicado de esa misma sangre, vio a su primo, un ser repulsivo que lo había contagiado.
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